Pescadores de los Cóbanos.

PESCADORES DE LOS COBANOS

todos ayudan a subir las barcas b-foto angel fernandez rincon

La playa de los Cóbanos se encuentra en la costa norte de El Salvador. El camino de tierra que  lleva hasta la playa termina en una bahía rodeada de  casas de chapa y bidones improvisando cocinas.

Charlando con los pescadores descubrí que eran unos sorprendentes marineros -salimos al mar todos los días y noches y vamos tres o cuatro en cada barca- me decía uno de ellos mientras ayudaba a sacar una barca del mar.

Francisco es  el lobo de mar más viejo de esta comunidad de unas 15 familias -nos adentramos hasta 45 millas (unos 90 km. en barcas  de tres metros de eslora) para pescar dorados y atunes, luego pescamos otros peces de roca, hay que llenar las cajas para amortizar el viaje- decía Francisco.

El reparto de la pesca se hace a partes iguales entre el propietario de la barca y los pescadores. Quitando los gastos de la gasolina llegan a repartirse entre 5 y 10 dólares cada uno después de 12 horas jugándose la vida.

pescadores de los cobanos-foto angel fernandez rincon

Decido ir con ellos y meterme en la piel  de estos pescadores. Salimos temprano Francisco, su hijo y yo en una barca de 3,5 metros de eslora. Vamos equipados con un motor fuera borda y un bidón de gasolina. Dejamos la playa con sus bañistas vestidos dentro del agua (aquí se bañan vestidos). Cuando llevamos una hora rodeados de océano Francisco saca las cañas -una para ti, luego harás fotos, todos tenemos que pescar para sacar al menos el dinero de la gasolina- una vez preparados buscamos los peces y pronto comenzamos a sacar dorados y atunes. Estamos a unos 60 km. de la costa, vamos sin GPS ni mapa y aunque confío en Francisco le pruebo preguntándole donde queda la tierra -la costa esta por allí ¿no?- y Francisco, serio, afirma con un leve movimiento de cabeza.

Francisco con las primeras capturas b-foto angel fernandez rincon

Para  pescar a fondo nos acercamos a la costa lo suficiente para ver los perfiles de montañas y árboles. Francisco va de un lado a otro mirando la costa -estoy localizando unas rocas (sumergidas a 40 metros) que hay por aquí, el lugar exacto es cuando aquella  montaña y aquel árbol estén en línea y el volcán haga 45 º con aquel edificio- y así descubro la forma de estos pescadores de  orientarse en el mar, buscan referencias en la tierra y trazan un triangulo, llegando a  memorizar 160 referencias para el día y otras tantas para la noche.

Pescando a fondo no utilizamos cañas para tener mayor sensibilidad, y cada vez que un pez muerde mi anzuelo el sedal me corta la piel y se me clava hasta el hueso   -duele ¿eh?-me  pregunta Francisco con sorna, -no mucho- respondo aguantando el escozor.  Utilizan un trozo de madera para liar el sedal, unos oxidados anzuelos y como plomo unos trozos de hierro -los aparejos de pesca son muy caros para estos pescadores- me contaba Arturo, propietario del hotelito de 4 habitaciones donde me alojo. Después de estar una hora y media luchando con el monstruo marino que picó en mí anzuelo y tener casi cortado el dedo, consigo sacar de las profundidades una tremenda raya que Francisco soltó antes de que nos dañara con su aguijón.

Tras once horas de pesca y una tormenta sacamos dorados, atunes y otros peces más pequeños que sirvieron de carnada, sin contar la raya y un pez vela que escapo.

Una vez en tierra hacemos cuentas y sacamos para gasolina y repartirnos 7 dólares cada uno, yo invierto los míos en una cena con Francisco  para saborear un exquisito “boca colorada”.

Francisco vive con su familia tan cerca del mar que con  temporal el agua se les mete dentro de su cabaña de chapa. Ahora su yerno aprende los lugares de pesca, y me cuenta  que eso lleva años, -¿y como no tenéis un GPS con las coordenadas-  le pregunto -sí tenemos uno, me lo trajeron de EEUU, pero no van bien esos aparatos, tienen un error de 2 ó 3 metros, y eso no nos vale, ya has visto que hay que poner el anzuelo en la misma boca del pez.”.

Autor: Angel Fernández Rincón

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