Costa de Marfil, el viaje imposible.

Costa de Marfil. foto angel f rincon
Costa de Marfil. foto angel f rincon

Se dice que su nombre se debe a sus inmensas playas de arena blanca visibles desde el horizonte, desde  bien entrado en alta mar. Otros porque era tal el comercio de marfil que tenía este país, que su litoral resplandecía blanco, inmaculado, deslumbrante, debido a  los montones de colmillos de elefante esperando ser cargados en barcos  para su comercio.

Sea el motivo que haya llevado al nombre de este país, lo cierto es que  evoca aventura. Cuando estaba con el mapa de África sobre la mesa t buscaba un destino para mi viaje…no lo pensé dos veces al leer su nombre. Costa de Marfil, y mi dedo señaló este país, apretándolo con fuerza contra la mesa.

” Aquí, aquí quiero ir”.

EL VIAJE

Salí del aeropuerto de Madrid-Barajas destino a Amnsterdam para desde allí coger otro avión que me llevaría a mi destino elegido.

El viaje comenzó, cuando el avión comenzó a atravesar África. Poco a poco iba apareciendo  el Sahara, para no abandonarnos durante cuatro horas. Yo ya había cruzado parte de este desierto en un viejo Land Rover, pero visto desde el aire, el Sahara me ofreció otra imagen, inalcanzable, peligroso, con caprichosas formas, con carreteras trazadas rectas, muy rectas hasta perderse en el fin del mundo.

El desierto dio  paso a la sabana. El avión aterrizó en una precaria pista entre acacias para hacer su escala en Nigeria. Una hora después, el avión despegó y nos dirigimos, sin más demora hacia Abidjan, capital de Costa de Marfil.

EN COSTA DE MARFIL

Costa de Marfil. foto angel f rincon
Costa de Marfil. foto angel f rincon

Uno no puede olvidarse nunca que África es África , en sus aeropuertos está visible, palpable desde que aterriza el avión. Todo el mundo se te ofrece como servicio aeroportuario, taxista, mozo, guía… y muchos te piden el pasaporte vestidos con algún uniforme extraño con la intención de equivocarte y hacerse pasar por un agente de policía. El pasaporte yo no lo suelto nunca, y cuando lo entrego a un policía, no lo pierdo de vista. Me convierto en su sombra. Y es que la experiencia, aunque sea con policías de verdad, enseña.

Una vez escogido el taxi entre empujones y gritos y regateos me dirijo al hotel. El calor y la humedad se hacen notar. Los pantalones se pegan a las piernas y la camiseta y mi piel son una sola pieza  por el sudor, el cansancio del viaje y los empujones del aeropuerto.

Al día siguiente, viajé sin parar hasta el norte del país, para ir descendiendo sin prisa y terminar unos días en la costa, disfrutando del mar y las blancas  playas con cocoteros.

LA SABANA BOSCOSA Y LA SELVA

Costa de Marfil. foto angel f rincon
Costa de Marfil. foto angel f rincon

Al norte de Costa de Marfil y  a escasos kilómetros de Burkina Faso, hay  un paisaje  de sabana boscosa, con enormes baobads dispersos. Los niños buscan el fruto de estos sagrados árboles y  lo comen. Lo llaman “pan de mono” y esta riquísimo. Es dulce.

Esta región es conocida como el país Senoufo,  por la tribu que la habita. Durante mi estancia por esta región, descubrí en la aldea de  Fakaha bajo un sol abrasador y a la sombra de los baobad, grandes artistas pintando  depuradas y estilizadas escenas que narran la vida en la sabana. En vez de pinceles utilizan   unos cuchillos curvados. Dicen que Picasso estuvo aquí, y que en ellos y sus cuadros se inspiro el famoso artista. Podría ser, porque no.

En cuclillas y con el lienzo sobre el suelo, los pintores  meten el cuchillo en un bote con la pintura. Con gran habilidad y sin trazo previo, va apareciendo bajo la cuchilla, un trazo fino, elegante, de color ocre  que da forma a gacelas, baobad, arboles, jirafas, hombres pantera… Más tarde, rocían el lienzo con tierra, y la tinta se vuelve negra. Auténticas obras de arte.

Cuando me adentraba en algún poblado, al verme los niños se asustaban y corrían despavoridos ante la presencia de un blanco. Más tarde, era imposible  deshacerme de ellos y me seguían allá donde iba peleándose por darme la mano.

Las casas de estas tríbus, son pequeñas y redondas.  La casa del hechicero, es la mayor, con un tejado enorme debido a las múltiples capas de hierba que ponen sobre él. Sus paredes, oscuras y con puntos blancos, guardan una sorpresa cuando  la miras con detenimiento. Relieves  de serpientes, leones, de elefantes…

Estos poblados están cerca de un grupo de enormes arboles. Es el bosque sagrado. En su interior descubrí pequeñas chozas dispersas entre la maleza. Colgando de ramas y techumbres, calaveras de animales, paredes y rocas a modo de altares salpicadas de sangre, hogueras aún humeantes con restos de una especie de gato.  Todo esto,  junto con un  silencio que permitía oír el ruido que hacia el humo al ascender por el húmedo ambiente. Todo este silencia terminó por ponerme algo nervioso e intuir que me había metido en un ” jardín” al que no había sido invitado. Efectivamente,  prohibido para los no iniciados, extranjeros y mujeres. Los niños fuera del bosque gritaban ” Poro , Poro, Poro “. Pronto apareció ante mí el jefe y el hechicero del poblado. Me excuse diciendo  que lo había hecho sin mala intención, y había llegado hasta allí siguiendo un sendero que se adentraba en la selva.  El hechicero tras arrojar  al suelo unas semillas de “cola”,  dijo que la  fortuna me seguiría acompañando durante el viaje, pero  que no me saldrían las fotos que había hecho en el interior de ese bosque sagrado. Lo cierto es que las fotos si que salieron, pero no las publiqué nunca por respeto a sus tradiciones y creencias.

Siguiendo mi viaje, llego a la aldea de Waraniéné donde  los arboles están plagados de unos pájaros de vivos colores que construyen sus nidos en un jolgorio incesante. Son los pájaros tejedores. Bajo estos, otros tejedores trabajaban sin cesar en  telares hechos con ramas y cuyo mecanismo nada ha cambiado con los años. Los hilos de colores forman un mar multicolor de algodón que luego será transformado en telas, bolsos, vestidos y adornos que suministraran a todo el continente.

BASILICA NUESTRA SRA. DE LA PAZ.

Costa de Marfil. foto angel f rincon
Costa de Marfil. foto angel f rincon

Como sacado de la más fantástica de las narraciones de viajes, apareció ante mí la basílica de Nuestra Sra. de la Paz.

En medio de una frondosa selva, rodeada de palmeras, lagunas y bajo un cielo azul, se encuentra esta colosal obra.  La  idea de construir tal maravilla fue del presidente Félix Houphouet-Boigny, Todo por amor a Dios y la paz  del mundo.

Con una altura de 60 metros y un diámetro de 90 metros supera incluso a la de San Pedro en el Vaticano, cosa que no gusta a estos últimos y lo desmienten.

Costa de Marfil. foto angel f rincon
Costa de Marfil. foto angel f rincon

Sus más de 300 gigantescas columnas,14.000 m2 de suelo de diversos mármoles traídos de Italia, una cruz  de oro de 2 metros  de altura y 8.400m2 de vidrieras hacen que el visitante se quede sin palabras. Pero aun hay más,  2.428 focos de luz iluminan la basílica. Con sus 60.000 metros3 es el mayor volumen sonorizado del mundo y el aire acondicionado hace que olvides del calor húmedo de la selva.

Unos rápidos ascensores te llevan hasta la parte superior de la basílica, desde arriba el interior es aún más espectacular, y desde sus terrazas exteriores, la ciudad de Yamoussoukro, desaparece devorada bajo la fronda de la selva. Entre el exterior y el interior, pueden asistir a las celebraciones  sin perder de vista el Altar unas 200.000 personas.

En medio del asombro, me vi  reflejado en uno de los mármoles y reparé en  mis botas manchadas de barro, mi ropa sucia y barba de 10 días, entonces volví a la realidad, ” Me encontraba en medio de la selva”.

YAMOUSSOUKRO

Yamoussoukro es la capital política desde 1983. La ciudad se encuentra situada en el centro del país, a 248 km de Abidjan. Centro de gran envergadura universitaria, cuenta con numerosas escuelas. La ciudad es un reto. Los  mármoles rosados del hotel President  se alzan  sobre uno de los campos de golf más bellos del mundo. Mientras tanto, la ciudad bulle en el mercado. Bajo un calor sofocante, las mujeres te ofrecen la mercancía que portan sobre su cabeza. Los coches se abren paso con el claxon sin intención de frenar entre la multitud. Animales, personas, pequeños puestos improvisados. Autobuses cargados hasta no poder más de personas y bultos no paran de llegar y salir. El resto de la ciudad esta compuesto de agujereadas aceras,  calles de casas de una sola planta, pequeñas tiendas muy precarias y  habitantes que me preguntan de donde soy   allá por donde vaya. Creo que soy el único blanco de la ciudad y en muchos kilómetros a la redonda. Al fondo, saliendo de la selva, como un espejismo,  como una ilusión, aparece la gran cúpula de la basílica, que hace una y otra vez  detener la mirada  en ella.

PARQUE NACIONAL DE D´ABOKOUAMEKRO

Volviendo a la selva y al sureste de Yamoussoukro  se encuentra el Parque Nacional de D´abokouamekro. La pista  serpentea por colinas y valles ofreciéndome un paisaje poco conocido de África de palmeras, ceibas, matorral y  enormes praderas, todo muy verde. Este parque con 21.000 hectáreas estába en los primeros años de su protección.  Se pueden ver rinocerontes, antílopes y búfalos. Pero el interés de este parque  es el excepcional paisaje de colinas, lagos y sabanas pobladas de  palmeras borassus que forman  las selvas galería  a lo largo del río Kan,  donde se esconden   los elefantes. También este parque protege las minas de oro que esconden estas colinas, la verdadera razón de este parque.

Este parque esta vallado, lo que no es ninguna barrera para los elefantes, que la tiran cada noche para salir a comer y vuelven al amanecer a la seguridad del parque. Para ver elefantes, hay que madrugar mucho, y seguir el rastro tierno de la noche por la selva. En silencio con el guía, buscamos elefantes, pero en su lugar nos topamos de bruces con una familia de rinocerontes  que pronto se pusieron en posición de alerta y con cara de pocos amigos.

Por la noche mi habitación esta plagada de lagartos. Pero lo que me quita el sueño es el amenazador  vuelo de los mosquitos. No hay repelente que les ahuyente, es mas, pienso que les gusta y los atrae. Bajo mi mosquitera creo estar  seguro de ese diminuto mosquito que transmite la malaria. Pero cuando amanece, hay más mosquitos dentro que fuera.

LLEGANDO AL SUR.

Conduzco  hacia el  sur por una   carretera  en mal estado, con numerosos cortes y controles policiales que no paran de hacerme preguntas.

Unos matojos de hierbas arrancadas y  alineadas avisan de la proximidad de una zona de obras. Los chavales   paran a los coches con grandes arboles cruzados en la carretera y piden algún dinerillo por “arreglar” la carretera. La selva al oeste del país  es  mucho más frondosa que en el norte y  me tienta con pasar algunos días en ella. Lo comento con mi guía, y decidimos pasar unos días haciendo alguna excursión por las entrañas de la selva.

A una hora andando por la selva desde Gaoulou,  llegue al río Sasandra y a la isla de Gaoulou. Esta  isla en el río Sasandra cuenta con enormes plantas con hojas tan grandes como vallas publicitarias, miles de  vistosas flores, aves, monos, enormes orugas, telas de araña con las que  rebotas al chocar en ellas, serpientes y  sepa Dios cuantos más bichos hay que no vi. Pero todo era tan bonito y sorprendente que un deseo de seguir adelante me invadía a cada paso.

Golpeando un bidón metálico con un palo, avisé de mi presencia en al llegar a un río.  El sonido retumbó en la selva seguido de un silencio ensordecedor. Es la llamada para que venga el barquero. Pronto apareció un muchacho en una vieja piragua de dudosa flotabilidad, hecha vaciando  el tronco de un árbol. Tras una hora en piragua  el río se ensancha y aparecen los hipopótamos que emergen del agua  abriendo su enorme bocaza.

Paso el día con la gente de estas aldeas, me llevan de caza y las mujeres me ofrecen enormes caracoles recogidos en la selva. Cazamos un agutí. Una especie de rata gigante. Lo preparan para comer y me invitan. Su sabor es parecido a la liebre.

GRAND-BEREBY

Desde Grand-Lahou hasta Tabou una serie de parajes naturales de gran belleza se confunden entre la selva y el mar.

Indescriptible el  recibimiento que me hacen en Grand-Bereby, con banda de música,  danzas tradicionales, los jefes de la tribu ataviados con enormes medallones que me fijo y…¡son de oro macizo!

Me ofrecen como bienvenida un polvo rojo que tengo que comer con ellos y mascar nuez de cola. Aquello, sencillamente era fuego. Tras el discurso de bienvenida, me obsequian como recibimiento más occidental, con una Mirinda, todo un lujo allí.

En Grand-Bereby hay que  destacar la Bahía de las Sirenas. Sus  playas parecen  adormecidas. Los pescadores echan una y otra vez sus redes al mar, mientras las olas del océano intentan llegar a los cocoteros. En la terraza de un restaurante, frente al mar, mi guía y yo saboreamos una langosta a la plancha. Si hay un paraíso, seguramente sea así.

TAN CERCA DEL CIELO EL INFIERNO.

Pasando San Pedro, me encontré con Bardot, que lleva a sus espaldas el peso de tener el mayor suburbio de África del Oeste. Se le conoce como Bidón-Ville y más de  150.000 personas llegadas  de todos los países africanos, se refugian en medio de un caos de chabolas  hechas con restos de madera recogidas en el puerto. Este barrio huele a resina y  en él domina el color marrón. Pequeños bares callejeros, animales, niños, hombres y mujeres forman este enorme laberinto de calles embarradas, callejones oscuros y basureros, al que no le falta una sonrisa en medio de tanta miseria. Me invitaron a  sus casas,  y lo único que me pidieron, es  que les hiciese fotos. Antes olvidaré mi nombre que los días que pase en este lugar, pero siempre con la precaución de que se trata de un lugar peligroso.

GRAND BASSAM

Grand-Bassam  es la antigua capital colonial.  Ofrece bellos hoteles y playas rodeados de una vegetación exuberante. A solo 30 km de Abidjan, me encontré de nuevo con  la tranquilidad del mar y  aldeas bajo los cocoteros.

Pasear por Grand-Bassam es viajar en el tiempo. Sus enormes casas coloniales se desmoronan bajo el calor húmedo de la selva y la brisa del mar.  Los  habitantes de Grand Bassan las han ocupado sin hacerles la más mínima reparación. La playa esta cerca y la vida se desenvuelve en la calle. El mercado de este pueblo es famoso. Decenas  de casetas ofrecen toda la artesanía que se puede encontrar en África. Miles de artículos  de madera, marfil, hueso, piedras semipreciosas, oro, plata…Artesanías en barro, cuadros, batiks, mantelerías, antigüedades y un sin fin de preciosos objetos a precios muy bajos.

La ultima tarde paseo por la playa y me encuentro con unas guapísimas  chicas ataviadas con alegres y escotadas  camisas. Me ofrecen piñas, plátanos y cocos. Les compro una piña. Hay pocos turistas, ellas tienen la venta del día  hecha y yo mi viaje terminado. Así que tranquilamente terminamos el día juntos comiéndonos la piña y bromeando bajo un cielo gris que amenazaba  tormenta.

Ya en Madrid, en casa preguntan por mi viaje. Tantas vivencias, tantos recuerdos, tantos sabores que me vienen a la memoria que  solo se me ocurre decir ” Bien, muy bien. ”

Angel Fernández

Fotoperiodista y productor.

 

 

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